El neoliberalismo nunca existió
El neoliberalismo es un mito. El concepto sugiere que, a partir de los años 70, las economías occidentales han sido moldeadas por los principios del libre mercado, el Estado se ha retirado y los mercados finalmente han reinado. Sin embargo, los últimos cincuenta años no han sido de liberalización, sino de fortalecimiento del Estado. El neoliberalismo nunca existió. En su lugar, lo que se desarrolló fue el neostatismo, una estrategia en la que los gobiernos reestructuraron su rol para proteger y expandir su poder. Desde finales de la década de 1970, las políticas calificadas de “neoliberales” no fueron pergeñadas a fin de renunciar al control del Estado, sino para reafirmarlo. Y hoy, cuando la intervención abierta del Estado regresa con ánimos de venganza, resulta evidente que la “era neoliberal” fue una ilusión cuidadosamente gestionada.
La década de 1970 marcó el final de una era. La intervención estatal en las economías occidentales, atrapadas en la estanflación, el desempleo galopante y el malestar social, se enfrentaba a una crisis existencial. La Curva de Phillips, que postulaba una compensación entre inflación y desempleo, fue refutada de forma innegable, junto con el marco más amplio de la economía keynesiana. Durante décadas, los gobiernos habían gestionado directamente la vida económica y social. Pero a mediados de los años 70, este enfoque había encallado, erosionando la confianza en la legitimidad del Estado.
Enfrentadas al colapso, las élites políticas reinventaron el papel del Estado. Lo que surgió no fue una retirada, sino una recalibración. La inflación fue redefinida como el enemigo público número uno y se controló enérgicamente el crecimiento de los salarios para proteger a las políticas monetarias de ser culpadas de la inflación.
Las privatizaciones de Margaret Thatcher en el Reino Unido no cedieron el control a los mercados, sino que concentraron el poder económico en industrias reguladas por el Estado. Las reformas fiscales de Ronald Reagan en Estados Unidos, lejos de desmantelar el Estado, cambiaron su base financiera más decididamente hacia la expansión monetaria. En ambos casos, el Estado simplemente modificó su estrategia.
Los gobiernos pasaron de la gestión directa a la regulación indirecta, todo ello manteniendo los principales resortes de control. El gráfico que sigue demuestra que, a pesar de las proclamas de austeridad, el gasto público no disminuyó a lo largo de las décadas, sino todo lo contrario. Lejos de reducirse, el Estado simplemente cambió su apariencia.
A pesar de la privatización limitada en sectores como las telecomunicaciones y la energía, los gobiernos mantuvieron el control a través de entes reguladores. No eran mercados libres, sino sistemas híbridos diseñados para proteger los intereses estatales.
La desregulación también fue un término equivocado. Tomemos como ejemplo el sector financiero. La desregulación de los años 80 y 90 no liberó el mercado, sino que lo reestructuró bajo supervisión estatal. Los bancos centrales ganaron independencia, pero esta “independencia” no hizo sino aislarlos como instrumentos de la política estatal. La crisis financiera de 2008 lo puso de manifiesto cuando gobiernos y bancos centrales coordinaron masivos rescates financieros.
Este enfoque se extendió más allá de la economía, llegando a todos los aspectos de la vida pública. El siguiente gráfico revela esta tendencia, mostrando que el gasto en bienestar social se incrementó a medida que los gobiernos remodelaban sus programas. Iniciativas como el workfare en Estados Unidos y las políticas activas del mercado laboral en Europa allanaron el camino para nuevos programas gubernamentales.
Lejos de una retirada, el Estado estaba consolidando su poder. El neoestatismo prosperó bajo el disfraz del neoliberalismo, con políticas al servicio de las necesidades estratégicas del Estado en lugar de los principios del libre mercado.
A finales de la década de 2000, muchos declararon la muerte del neoliberalismo. El aumento de los aranceles, los rescates estatales durante las crisis económicas y el resurgimiento del nacionalismo fueron vistos como signos de que los mercados estaban perdiendo su dominio. Pero estos cambios no eran un retroceso del neoliberalismo, sino su evolución lógica. El neoestatismo se estaba adaptando, consolidando el control del Estado.
Tomemos como ejemplo la crisis financiera de 2008. Los gobiernos de todo el mundo intervinieron masivamente, rescatando bancos supuestamente para estabilizar los mercados. Lejos de exponer los límites del neoliberalismo, esto reveló su esencia: los mercados sólo existían bajo la atenta mirada del Estado. La crisis no acabó con el neoliberalismo, sino que desenmascaró su verdadera naturaleza de neoestatismo.
La pandemia del COVID-19 aceleró esta tendencia, con confinamientos económicos, masivos paquetes de estímulo y medidas de salud pública sin precedentes que evidenciaron la capacidad del Estado para controlar tanto la economía como la sociedad. Las regulaciones se multiplicaron, desde los mandatos para las empresas hasta las medidas de vigilancia sobre los ciudadanos. Lejos de abandonar su papel, el Estado se redobló, demostrando que el supuesto declive del neoliberalismo no era más que la culminación del neostatismo.
¿Por qué persiste entonces el mito del neoliberalismo? Parte de la respuesta reside en su utilidad retórica. Enmarcar los desafíos económicos como el resultado de mercados sin restricciones exime al Estado de responsabilidad. Traslada la culpa de las crisis a los “excesos del mercado” al tiempo que justifica una mayor intervención estatal.
Por ejemplo, el aumento de la desigualdad es a menudo atribuido a las políticas neoliberales como los recortes fiscales o la desregulación. Sin embargo, un examen más detallado revela que la desigualdad floreció bajo la expansión monetaria, la regulación y el amiguismo, que eran cualquier cosa menos laissez-faire.
El discurso público y académico en torno al neoliberalismo alimenta este mito. Términos como “fundamentalismo de mercado” ocultan la supervisión estatal. La confusión permite que prospere la narrativa del neoliberalismo y que se amplíe el rol del Estado.
La verdad es simple: el Estado nunca ha cedido el control. Bajo el pretexto de la liberalización del mercado, no ha dejado de ampliar su alcance. Hoy lo vemos claramente en el aumento de los aranceles, la censura y las intervenciones económicas directas que moldean los mercados conforme a imperativos políticos.
El neoliberalismo es un término equivocado. Los últimos cincuenta años no se han caracterizado por la retirada del Estado, sino por su consolidación. El neostatismo ha impulsado políticas tildadas de liberalización, ocultando el poder y el control permanentes del Estado.
Reconocer la realidad del neostatismo no es sólo un ejercicio académico: sólo si nos despojamos del mito del neoliberalismo podremos enfrentarnos a los verdaderos retos de la extralimitación del Estado.
La mayor ironía de nuestro tiempo es la siguiente: en la cúspide del poder estatal sobre la economía y la sociedad, la mayoría sigue creyendo que vive en una era de neoliberalismo sin restricciones.
Traducido por Gabriel Gasave
- 26 de febrero, 2025
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