Una batalla ganada, pero ¿una victoria?
"Y todo el mundo elogió al Duque,
Que esta pírrica batalla ganó".
"¿Pero qué bien produjo finalmente?"
Poco dijo Peterkin.
"El porqué no sé decirlo", dijo,
"Pero fue una conocida victoria".
- Robert Southey
"La Batalla de Blenheim"
Barack Obama espera que su victoria conocida de la reforma sanitaria le valga el título de presidente transformador. La historia, sin embargo, podría determinar que ha sido su oportunidad desperdiciada de serlo.
La sanidad no será objeto de una revisión seria hasta dentro de una generación por lo menos, de manera que el defecto más caro del sistema — la falta de un impuesto sobre el seguro de empresa, que entrelaza un producto básico inflacionario, la salud, con el sistema salarial — seguirá presente. Obama no podría alterar esto sin adoptar medidas — por ejemplo, deducciones fiscales para los particulares, dotándoles de capacidad para contratar su propio seguro — que entrañan dar protagonismo a los particulares y que por tanto chocan con la agenda de creciente dependencia que tiene su partido.
El domingo, como va a suceder a diario durante las dos próximas décadas, otros 10.000 trabajadores de la generación post-Segunda Guerra Mundial pasaron a tener derecho a acogerse a la seguridad social y Medicare. Y el Congreso se acercó a sumar otro enorme derecho social de la clase media nuevo a la desvencijada estructura piramidal que es el estado del bienestar estadounidense. El Congreso tiene una respuesta de una sola palabra a la inundación demográfica y las decenas de billones de dólares que tiene en obligaciones sin financiación: "Más".
Habrá un seguro subsidiado destinado a las familias de cuatro miembros que ingresen hasta 88.200 dólares al año, un umbral que es seguro que será elevado, repetidamente. La contabilidad creativa empleada para que esto parezca asequible – por ejemplo, recortes (en Medicare) e impuestos (sobre los planes de protección de lujo) que no se implantarán nunca – recuerda al fraude de Enron.
A medida que crece la tambaleante torre de promesas imposibles de cumplir que tiene América, crece también el peso del gobierno, en forma de impuestos y competencias que limitan la inversión y socavan la creación de empleo. El dinamismo de América, y la movilidad social resultante, se reducirá a medida que la economía se convierta paulatinamente en lo que el partido en el gobierno quiere que se convierta – en algo cada vez más dependiente del gobierno para generar demanda.
Promover la dependencia es la vocación del Partido Demócrata. Sabe que casi todos los derechos sociales serán permanentes, y aquellos que no – el derecho vitalicio al bienestar, por ejemplo, derogado en 1996 – no son para la clase media. Los Demócratas están seguros, plausiblemente, de que los derechos sociales de la clase media son instantáneamente adictivos, y que al no haber desintoxicación conocida, esa clase, al enfrentarse a futuras decisiones entre recortar derechos o subir los impuestos, elegirá lo segundo. Los impuestos castigarán de manera desproporcionada a las rentas más altas, estrechando así el cerco de la dependencia del gobierno por parte de la sociedad para la creación de puestos de trabajo y la inversión.
La política en una democracia es transaccional: los políticos aspiran a tener votos con la promesa de hacer cosas por los votantes, que buscan promesas a cambio de sus votos. Dado que el intercambio de favores es la forma en que las coaliciones legislativas se improvisan en una nación continental, la subasta en la que los Demócratas reacios de la Cámara fueron comprados sólo ha sido decepcionante para los sentimentales ilusionados con la reserva de desinterés de la sociedad.
Además, algunas de las transacciones fueron casi fabulosas: habiendo sido la política del gobierno agravar la escasez de agua en el Valle de California, el partido de la ampliación pública se aseguró dos votos aumentando las raciones de la escasez. Así fue como una dependencia lubrica la legislación que genera las demás.
El proyecto de ley es un museo de artefactos casposos sacados del baúl de los recuerdos del progresismo. ¿Casi-cuotas sacadas de la política de minorías? La secretario de Salud y Servicios Sociales "al adjudicar partidas y contratos bajo este capítulo… dará preferencia a las entidades con un historial patente de… formación de individuos de minorías de escasa representación o colectivos desfavorecidos". Y la ley constituye el Consejo Asesor de Instituciones de Enseñanza Pública Avanzada, y subvenciona la "adaptación necesaria para aumentar la eficiencia energética y la eficiencia del consumo de agua en las instituciones públicas de enseñanza".
La opinión pública pensará a estas alturas que el sistema de salud es lo que los Demócratas quieren que sea. La insatisfacción con él se agravará porque los sistemas cada vez más complejos son cada vez más molestos. Y porque los Demócratas prometieron lo inverosímil – mejoras rápidas y notables en el sistema. Prohibir que las aseguradoras nieguen la cobertura a personas con enfermedades anteriores, elevando el riesgo de los grupos de riesgo, va a elevar el precio de las pólizas. Las denuncias se sofocarán a base de subsidios. Así que la dependencia crecerá.
¿Busca un rayo de esperanza? Ahora, tal vez, llegue el mes de Fermidor.
Es el nombre del mes del calendario revolucionario francés en el que cayó Robespierre. Para los historiadores, Fermidor denota cualquier época de ardor político decadente. Los Demócratas del Congreso no serán conducidos como ganado enseguida a otras votaciones perjudiciales para ellos — por ejemplo, el entramado de racionamiento de las emisiones — tan barrocas como la legislación sanitaria. Durante la monomanía con la sanidad que sufren los Demócratas, la nación se benefició de la negligencia benigna del resto de su agenda. Ahora el país podría beneficiarse de la satisfacción momentánea de sus apetitos de mayor riesgo político.
© 2010, The Washington Post Writers Group
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