EE.UU.: Un futuro arraigado en el pasado
Al primer día de su promesa solemne de tomar "medidas significativas para controlar nuestra deuda", Barack Obama solicitaba al Congreso que congelara apartados del gasto interno discrecional. Esto acompañará a una expansión permanente sorprendente: los Republicanos del Comité Presupuestario de la Cámara afirman que los proyectos de asignación que ha aprobado Obama, junto a su gasto de estímulo, han aumentado el gasto interno discrecional un 84 por ciento. Es casi seguro que no cumplirá su promesa de vetar proyectos relativos al gasto cuando el Congreso, como es casi seguro que hará, ignorará casi por completo su petición.
Al segundo día, tomándose un descanso de los rigores de la austeridad, se encontraba en Tampa, Florida, prometiendo 8.000 millones de dólares destinados a proyectos de alta velocidad ferroviaria allí y en una docena de lugares más. Cuatro días más tarde daba a conocer unos presupuestos para el año fiscal 2011 de 3,8 billones de dólares que añadirán otros 1,3 billones a la deuda nacional. El presupuesto revela que la urgencia del déficit no es tan grande como para impedir otro estímulo, también conocido como "proyecto de ley de empleo".
O para exigir que se permita que expiren los recortes de los impuestos de la clase media adoptados bajo La Gran Coartada (George W. Bush). O al menos para eliminar del presupuesto filigranas de antaño como 430 millones destinados a la Corporation of Public Broadcasting, que tal vez tuviera algún cometido hace 42 años y 500 canales, cuando la televisión pública significaba para algunos estadounidenses un aumento en el número de canales del 33 por ciento, de tres a cuatro.
La minucia deprimente del momento palidece en comparación con las dos grandes posibilidades previstas por Robert Fogel, Premio Nobel de Economía. Se refieren a la subida del gasto sanitario de América y el ascenso aún más espectacular de la economía de China.
Escribiendo el pasado septiembre para la publicación digital The American, publicada por el American Enterprise Institute, Fogel advertía que el gasto sanitario va a dispararse, por dos razones: al vivir más tiempo, los estadounidenses son más susceptibles de sufrir problemas de salud. Al ser más ricos podrán comprar más biotecnología que hace las intervenciones más eficaces.
"La carga financiera per cápita (sanitaria) a partir de los 85 años", escribe Fogel, "es casi seis veces más alta que la carga entre los 50 y 54 años" y "la carga financiera de la atención de los 85 años en adelante es más de un 75 por ciento mayor per cápita que a los 75-79 años". Hace un siglo, "el impacto de las enfermedades crónicas entre los ancianos estadounidenses no sólo era más grave, sino que se daba con 10 años de antelación con respecto a la esperanza de vida actual".
Pero la gravedad de las aflicciones aumenta y el coste de prevenir un mayor deterioro se eleva con la edad: "Cinco años antes del año de la muerte, el coste sanitario anual es prácticamente el mismo que todo el coste anual de Medicare per cápita. Hacia el segundo año antes de la muerte el coste se ha incrementado un 60 por ciento, y el año de la muerte el coste anual supera la media más de cuatro veces. De hecho, el gasto por persona durante sus dos últimos años de vida representa el 40 por ciento de todo el gasto de Medicare".
El siglo XX redujo radicalmente las muertes por enfermedades infecciosas agudas, que se concentraron en la infancia y la niñez. En el año 1900, más del 33 por ciento de todas las muertes fueron de niños menores de 5 años; hoy son menos del 2 por ciento. En el año 1900, las muertes de personas mayores de 65 años eran sólo el 18 por ciento de todas las muertes; hoy son el 75 por ciento.
Este destino demográfico podría entrañar la asfixia de todos los demás sectores de la sociedad – incluyendo la defensa nacional, a un gran coste para la posición internacional de Estados Unidos. Es mejor que no, teniendo en cuenta lo que sostiene Fogel en otro ensayo, esta vez en el número más reciente de Foreign Policy. Se titula "123.000.000.000.000 dólares" El subtítulo de Fogel es: "El tamaño estimado de la economía de China en el año 2040. Cuidado".
Se espera que para el año 2040 el PIB de China sea de 123 billones de dólares, o tres veces la producción económica del mundo entero en el 2000. Él dice que la renta per cápita de China será más del doble de lo que se pronostica para la Unión Europea. El porcentaje del 40 por ciento del PIB global que representará China será casi el triple del 14 por ciento de Estados Unidos.
Fogel encuentra muchas razones para esto, incluyendo el aumento de la productividad de los 700 millones (el 55 por ciento) de los chinos del campo. Pero sobre todo destaca "la enorme inversión que China está haciendo en educación".
Mientras que China invierte cada vez más en su futuro, Estados Unidos invierte cada vez más en su pasado, las personas mayores. El ascenso de China a la hegemonía económica mundial podría ser más lento o descarrilarse a causa de alguna carestía imprevista o fisuras sociales. El destino de América es de carácter demográfico, y por tanto es inexorable y previsible, lo que hace que la mala gestión fiscal de la nación, por parte de los dos partidos, sea especialmente impactante.
© 2010, Washington Post Writers Group
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