La globalización no es un verdugo
Por Javier Ortiz
La Nación
Pobreza y desigualdad han sido y serán temas prioritarios en la discusión de política económica y social. En los últimos años, la sucesión de administraciones con una impronta de centroizquierda ha vuelto a darles -a veces en la retórica y otras en la práctica- una importancia significativa dentro de la agenda de reformas. Por esto resulta importante abordar el debate, esta vez, a la luz de los aportes empíricos más recientes y de los cambios trascendentes que ha vivido el mundo desde fines de la década del setenta.
Un error frecuente en círculos políticos -e incluso entre los especialistas- consiste en afirmar que la pobreza y la desigualdad en la distribución del ingreso han crecido de la mano de los mayores niveles de integración comercial y financiera alcanzados durante las dos últimas décadas. En algunos foros académicos, es un lugar común -y una muletilla políticamente correcta- demonizar la economía de mercado y la integración económica mundiales, culpándolas de llevar consigo las semillas de la pobreza y la desigualdad mundial. ¿Es ésta una conclusión irrefutable? Un artículo reciente de la revista The Economist ha conseguido desempolvar el debate académico para llevarlo a las primeras planas. Conviene entonces detenerse a analizar la evidencia empírica con atención y distinguir conceptos.
Los avances recientes producidos en la disponibilidad de datos de pobreza e ingresos a escala global permiten poner en duda esa afirmación. Xavier Sala-i-Martin, economista de la Universidad de Columbia, ha recopilado recientemente información sobre distribución mundial del ingreso con datos correspondientes a 138 países para el período 1970-2000. Sala-i-Martin combinó estos datos con otros de las cuentas nacionales sistematizados por Heston, Summers y Atten («Penn World Table», University of Pennsylvania, 2002), que reúnen datos de producto bruto interno comparables internacionalmente.
¿Cuáles fueron los resultados? El primer resultado relevante es que la tasa de pobreza, definida utilizando distintos estándares (desde uno a tres dólares comparables por día, este último caso, a mitad de camino de las definiciones estadísticas de línea de pobreza y línea de indigencia en la Argentina), se redujo durante el período considerado. Más impactante aún, la pobreza declinó tanto en proporción de la población total mundial como en valores absolutos. El número total de pobres se redujo, durante estos años, en cantidades que varían entre 212 y 428 millones de personas, según cuál sea la definición de línea de pobreza utilizada.
Un segundo resultado relevante se refiere a la localización de la pobreza. Conviene recordar que en el período analizado los países del sur y este de Asia -China, India, Tailandia, Corea, e Indonesia, por citar los ejemplos más destacados- registraron altísimas tasas de crecimiento. Este hecho, sumado a los pésimos resultados de crecimiento del continente africano (en particular en el área subsahariana) ha transformado el mapa mundial de la pobreza. Numéricamente hablando, el problema de la pobreza pasó de ser un fenómeno mayormente asiático (en 1970 el 80,2% de la pobreza estaba localizada en el sur y este de Asia), para convertirse en uno mayormente africano, concentrando el 74,5% del total de pobres en el año 2000. El mismo punto puede verse de otra forma: en 1970 la tasa de pobreza del sur y este de Asia era similar a la del promedio de Africa (35%). Pero en 2000 la pobreza en este último continente había trepado al 50%, mientras que en Asia había declinado al 3 por ciento.
Durante el período en cuestión, sólo en China 251 millones de personas escaparon de la pobreza (o la indigencia), y 145 millones en la India, de la mano del proceso de reformas implementadas en esos países y el consiguiente crecimiento. En Africa, por el contrario, el proceso de deterioro en la situación de los más pobres dio origen a un proceso masivo de emigración hacia los países de la OCDE, principalmente de Europa.
¿Qué ocurrió con la distribución del ingreso? La evidencia nos brinda una de cal y dos de arena: la distribución del ingreso dentro de los países se deterioró, pero la distribución mundial del ingreso mejoró y la desigualdad entre países disminuyó. Utilizando ocho medidas diferentes de desigualdad global de ingresos se alcanzan las siguientes conclusiones.
Primero, después de permanecer estable durante la década del setenta, la desigualdad de ingresos mundial se redujo durante las dos décadas siguientes: el coeficiente de Gini declinó de 0,662 en 1979 a 0,637 en 1999, mientras que el índice de Theil lo hizo de 0,839 a 0,783. Ambos indicadores reflejan con un valor de uno el grado de mayor desigualdad y con cero el de máxima equidad.
Segundo, aun cuando durante el período considerado la desigualdad dentro de los países se deterioró (en casos tan disímiles como Estados Unidos y China), la convergencia de algunos países emergentes (de enorme peso poblacional) a los ingresos de los países avanzados más que compensó el efecto anterior, produciendo un retroceso en la desigualdad entre países.
Bourguigon y Morrison («Inequality Among World Citizens: 1820-1992», American Economic Review, 2002) postulan con datos más preliminares que la tendencia hacia una mayor divergencia en los ingresos que se observó desde comienzos del siglo XIX, se habría detenido luego de la Segunda Guerra Mundial, también en forma coincidente con un período de reconstitución global de los flujos internacionales de bienes y factores productivos. Este fenómeno se habría acelerado durante las dos últimas décadas del siglo pasado.
¿Qué hay detrás de estas mejoras? Nuevamente, el notable crecimiento registrado en China y la India y en menor medida en otros países del continente asiático. Las mejoras, ciertamente insuficientes, hubiesen sido más auspiciosas de no haber mediado la pésima evolución económica de Africa y los mediocres resultados en América latina. Claramente, ni China ni la India pueden ser caracterizados por poseer verdaderas economías de mercado, a pesar de las reformas emprendidas desde fines de los años setenta en el caso de China y más recientemente en la India. Pero nadie podría discutir que se trata de países que han promovido una mayor integración comercial y financiera con el mundo, como base de su estrategia de crecimiento.
Quedan muchísimos matices en el tintero. Sería imposible abordar toda la discusión en este espacio. Quedan también algunas conclusiones: primero, la enorme importancia de estos temas requiere una mirada objetiva para evitar que en el diseño de políticas se cuelen errores propios de un mal diagnóstico. Segundo, el mundo es una oportunidad, no un verdugo. Al menos eso es lo que nos dicen algunas estadísticas.
El autor es economista
- 23 de julio, 2015
- 23 de enero, 2009
- 1 de abril, 2025
- 28 de marzo, 2025
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