Mercados y modelos
Las
interpretaciones dependen, en gran medida, del contexto cultural. Por eso,
cuando de buena fe existe una interpretación distinta de lo que se ha querido
transmitir, la responsabilidad se ubica en el emisor del mensaje. En el caso de
los economistas, no nos hemos hecho entender en cuanto al significado del
mercado (y en muchas otras cosas). Nada ganamos con rasgarnos las vestiduras y
descargar nuestro fastidio en los receptores por lo que comunicamos. Calma los
nervios y obliga a realizar mejor los deberes si ejercitamos la autocrítica. De
este modo, nos esforzaremos en mejorar nuestro mensaje.
¿Quién
es el mercado?: usted, lector. Habitualmente quienes incursionamos en estas
lides nos referimos al mercado antropomórficamente. El mercado demanda, el
mercado desea, el mercado sugiere, el mercado rechaza… En realidad, el
mercado está formado por millones de arreglos contractuales que a diario se
llevan a cabo. El mercado es un fórmula simplificadora, pero a fuerza de
simplificar, la idea se ha complicado. Todas las personas que compran y venden
algo están en el mercado. Cuando se dice que no puede dejarse todo al mercado,
se está sosteniendo que las personas no son confiables. Pero ¿qué se propone en
su lugar?: la acción del Estado, como si no estuviera constituido por otras
personas, sólo que en este caso manejan haciendas que no les pertenecen.
Politizan el proceso y se revierten los incentivos, en lugar de permitir que se
administre por los interesados y dueños de los bienes y servicios objeto de las
transacciones correspondientes.
Cuando
se alude a los "fundamentalistas de mercado" se apunta a quienes
insisten en que la gente sea la que decida y no el aparato político. Los que se
refieren despectiva y peyorativamente al mercado pretenden con estocadas
oblicuas sustituir las decisiones de la gente por la imposición del Estado.
Otro antropomorfismo que sirve de máscara para ocultar los rostros de sujetos
de carne y hueso que manipulan tras bambalinas.
Tenemos
que estar alertas a las mistificaciones del Estado, para no caer en lo que
advertía Frédéric Bastiat en cuanto a que "el Estado es la gran ficción
por la que todos pretenden vivir a costa de todos los demás". A veces,
daría la impresión de que el monopolio de la fuerza -contradiciendo su misión
original- termina estableciendo un sistema en el que la sociedad se convierte
en un inmenso círculo en el que cada uno tiene las manos metidas en los
bolsillos del vecino.
En
una presentación televisiva, John Stossel me dio la idea de la elaboración del
proceso de mercado a partir de un trozo de carne en la góndola de un negocio.
Imaginemos los cientos de participantes en una secuencia regresiva, sin
pretender una enumeración exhaustiva. La empresa inmobiliaria que vende campos.
Los agrimensores que miden lotes y parcelas. Los peones que recorren. La
adquisición de caballos. La fabricación de monturas y de riendas. Las
sembradoras y cosechadoras, y las respectivas empresas que las fabrican,
transportan y distribuyen. Las operaciones bancarias. Las empresas de semillas,
plaguicidas y fertilizantes. La adquisición de hacienda. Los procesos de
reproducción y engorde. Los veterinarios. La construcción y mantenimiento de
mangas y galpones. Los productores de vacunas y así sucesivamente, todas las
empresas y personas involucradas horizontal y verticalmente.
Cada
uno de los participantes tiene en mira su interés comercial específico e
inmediato y sólo en el último tramo se contempla el trozo de carne envuelto en
celofán en el supermercado para que lo compre el consumidor final (donde
también debe tomarse en cuenta la producción de celofán y la administración del
propio supermercado). Hasta el último eslabón de la cadena, nadie está pensando
en el trozo de carne envuelto en celofán que finalmente se exhibe en la
góndola. El sistema de precios ha operado como un mecanismo de señales para
sopesar las cantidades ofrecidas y demandadas en cada segmento del largo y
complejo proceso.
Todos
somos ignorantes en la mayor parte de los temas, el conocimiento está disperso
y, por ende, fraccionado. Por eso es que cuando los gobernantes megalómanos
pretenden "planificar" se producen desajustes espectaculares y las
góndolas quedan vacías. Y no es que las computadoras no pueden almacenar la
información. Es que, sencillamente, la información no está disponible, incluso
para el propio operador que puede conjeturar qué hará la semana próxima, pero,
como las circunstancias se modifican, llegado el momento debe modificar su
conducta.
Los
ingenieros sociales, deseosos de manejar vidas y haciendas ajenas en lugar de
permitir las antes referidas coordinaciones y asignaciones de recursos por
medio de los precios de mercado y que se aproveche el conocimiento disperso,
concentran ignorancia en ampulosos comités y juntas gubernamentales que
necesariamente operan a ciegas, ya que, con cada intervención, bloquean la
posibilidad de emitir las antes mencionadas señales. Esta es la razón central
de la caída del muro de la vergüenza en Berlín y del fracaso del colectivismo.
La planificación económica es una contradicción en términos: no hay posibilidad
de economizar en la medida en que se debilitan marcos institucionales
esenciales e inseparables del proceso de mercado que, en sus múltiples
manifestaciones, respetan derechos de propiedad y los precios que de allí se
derivan.
Supongamos
que en cierto lugar se decide abolir la propiedad y, en consecuencia, no hay
precios (éstos surgen de usar y disponer de lo propio en las correspondientes
transacciones). Aparece un primer dilema ¿de qué conviene que sean los caminos?
¿de oro o de pavimento? Si no hay precios es imposible saberlo y tengamos en
cuenta que las razones "técnicas" flotan en el vacío si no se sabe a
cuánto asciende el costo de la operación. Si se afirmara que con oro sería un
derroche, es porque se recordaron los precios relativos antes de barrer con la
propiedad. Pero no es necesario eliminar la propiedad de cuajo para que
aparezca el problema de descoordinación. En la medida en que el aparato de la
fuerza se entromete en el mercado, las señales se distorsionan y mal guían la
producción.
Entonces,
el mercado constituye un proceso que coordina información y obtiene lo que la
gente decide debe producirse, según sean las respectivas necesidades y
estructuras axiológicas. Y al aprovecharse los recursos de la manera más
eficiente, las tasas de capitalización se maximizan, lo cual, a su vez, explica
el único motivo del aumento de ingresos y salarios en términos reales.
Pero
es preciso destacar que los modelos absurdos que aún se enseñan en ciertos
claustros universitarios, con razón se consideran aparatos fríos y
entrometidos, completamente escindidos de los procesos humanos. Y, como se ha
hecho notar, cuando muchos economistas incursionan en otras esferas de la
conducta del hombre lo hacen como turistas frívolos o a modo de adelantados, al
acecho de conquistas coloniales para aplicar machaconamente aquellos modelos
irreales y a todas luces inconducentes.
Como
los partidarios de la libertad no somos deterministas, para reencauzarnos,
tenemos que buscar el modo de sacarnos de encima la mentalidad colonial. Fiel a
la herencia de la España centralista, en América latina, en general, se nota
una especial desconfianza al mercado y una especial simpatía por el espíritu
autoritario. Octavio Paz, en su formidable investigación en torno de sor Juana
Inés de la Cruz, afirma: "Si alguna sociedad mereció el nombre de sociedad
cerrada, en el sentido que Popper ha dado a esta expresión, esa sociedad fue el
Imperio español".
Entre
nosotros, Alberdi -el abanderado de la sociedad abierta y los mercados libres-
señaló que dejamos de ser colonos de España para serlo de nuestros propios
gobiernos, sin embargo, su generación del 37, pudo finalmente plasmar las ideas
liberales en la Constitución de 1853, que dio frutos de notable progreso. Tal
vez, al despojarnos de telarañas mentales y reconsiderar ideas atrabiliarias
sobre el mercado podamos reeditar la experiencia. Y, quién sabe, mejorarla.
El último libro del autor es La tragedia de la drogadicción. Una propuesta. Ediciones
Lumière.
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