Secuestros
La proliferación del secuestro es universal. En África y América Latina ocurren con más frecuencia, pero también ocurren en Asia Menor, Rusia, Irlanda y otros. En Estados Unidos eran frecuentes antes del secuestro del hijo del famoso piloto Lindberg. A raíz de ello, se convirtió en crimen federal castigado con la pena de muerte y los secuestros terminaron como por arte de magia. Posteriormente, se eliminó esa pena, y nuevamente comenzaron a ocurrir.
Una de las razones que explican nuestra impotencia en controlar la criminalidad, especialmente los secuestros, es el afán de darle prioridad a quedar bien con el minúsculo, pero predominante, grupo de vociferantes internacionales que con el nombre de defensores de los derechos humanos dejan a un lado los derechos de los humanos, de los individuos. Esos grupos enquistados en organizaciones internacionales han logrado, a base de tratados, imponer sus ideas en la legislación interna de muchos países. En este caso me refiero a la pena de muerte a secuestradores por las siguientes razones:
La verdadera naturaleza del secuestro no es generalmente percibida: esencialmente es un instrumento de tortura. El secuestrador, por sí y ante sí, quita el derecho a la vida del secuestrado, aunque no lo llegue a matar, pues para extorsionar el rescate amenaza con quitarle la vida, y en muchos casos la ha quitado aún cuando se ha pagado el rescate. De manera que si no fuese cierta y convincente la discrecionalidad de la ejecución o tortura del secuestrado, no sería efectivo el secuestro.
El acto de secuestrar no es impulsivo, sino cuidadosamente planificado, considerando el riesgo y beneficio del secuestrador, de manera que requiere, primero, la debida investigación de la vida privada de la familia para escoger a las víctimas.
En seguida, requiere investigación de los posibles escenarios para llevarlo a cabo, la escogencia del lugar de cautiverio, de medios de comunicación con la familia del secuestrado, con objeto de evitar riesgos de ser encontrado, es decir, todo el actuar es fría y cuidadosamente calculado.
En seguida, el secuestrador procede a torturar a los seres queridos del secuestrado convenciéndoles de la forma más cruel posible que le ha quitado el derecho a la vida, y que le concederá vivir si pagan el rescate. Y para ser convincente no es raro el caso que le quite un dedo o una oreja. La tortura psicológica es extrema, pues los padres hasta la vida darían para salvar la de un hijo y la impotencia es desesperante, ya que saben que la vida de un ser querido depende de la arbitraria decisión del secuestrador, quien le ha quitado el derecho a la vida para usarlo como instrumento de tortura.
Por todas esas razones, los secuestros disminuirían si el secuestrador supiera que quitarle el derecho a la vida a una persona inocente en forma fría, calculada y desapasionada, por decisión propia libre y deliberadamente, está escogiendo quitar el derecho a su propia vida. Así, él mismo se condena.
Nadie secuestra impulsivamente para satisfacer una emoción que se apodera de él, como ocurre y podría ser considerado un atenuante en otros casos. Estoy convencido de que solo así se puede terminar con este horrendo crimen, pues constituirá un fuerte disuasivo a un secuestrador el saber que es él mismo —y no “la sociedad”— quien decide si pierde el derecho a su propia vida, al quitársela al secuestrado.
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