La recesión económica
Apenas salimos a la calle vemos muestras de la actual recesión económica: menos gente en las tiendas y en los centros comerciales, menos tráfico en las calles, menos sonrisas en las caras y más estaciones de gasolina vacías o cerradas. Oficialmente, el desempleo ha aumentado en Estados Unidos a 9,7 por ciento, pero la realidad es bastante más grave porque esa estadística no incluye a quienes, desanimados, dejaron de buscar trabajo y tampoco a aquellos que por ahora se contentan con trabajar a medio tiempo o durante unos pocos días a la semana. Al incluirse esos grupos, el desempleo es más de 16 por ciento, cifra históricamente alta en este país.
Algunos economistas se refieren a los tiempos actuales como “la gran recesión”. Durante la Gran Depresión de los años 30, el desempleo alcanzó 25 por ciento y la producción industrial cayó en más de 20 por ciento. La producción ha caído este año 5 por ciento, situación preocupante para los desempleados y también para los recién graduados que confrontan graves dificultades en conseguir su primer empleo.
La productividad, es decir, la relación entre lo producido y los medios empleados, ha seguido aumentando en Estados Unidos y alcanzó 1,8 por ciento en el segundo trimestre de este año, lo cual es positivo porque la productividad suele decaer cuando baja el nivel de actividad económica, debido a la menor utilización que se hace de la maquinaria instalada.
Los economistas mantienen que siempre hay un intervalo de tiempo entre el comienzo de una recesión y el aumento del desempleo. Las compañías no proceden a despedir trabajadores apenas caen sus ventas, como tampoco contratan a nuevos trabajadores tan pronto aumenta la demanda por sus productos y servicios, sino que suele haber un rezago en ambas circunstancias.
Washington es una de las pocas ciudades donde no aumentó el desempleo, pero sabemos que muchos allí trabajan en el gobierno y tanto los políticos como los burócratas poco se preocupan en reducir costos o cumplir con los presupuestos, sino que más bien se dedican a aumentar su popularidad. Prueba de ello son los crecientes déficit del presupuesto nacional, que más temprano que tarde tendrán que pagar las nuevas generaciones y que ya estamos comenzando a pagar con la caída del valor del dólar, en relación a otras monedas.
La situación económica también ha sido afectada por la caída de los precios de casas y apartamentos. En 2008, 68 por ciento de las familias norteamericanas eran dueñas de sus viviendas y, por las bajas tasas de interés, muchos decidieron hipotecar la casa y gastar ese dinero. Ya eso no está sucediendo porque durante los últimos 12 meses los bancos han restringido considerablemente los créditos y la gente también quiere gastar menos en un ambiente de inseguridad económica.
No debe sorprendernos que el desempleo siga aumentando antes de comenzar a disminuir, probablemente para fines de año o comienzos del 2010.
El autor es Director de la agencia AIPE.
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