El indigenismo es otra forma de “nacionalismo”
El nacionalismo es la “inflamación” de la Nación, argumenta Fernando Savater. Y el “indigenismo,” argumento yo, es una infección de la identidad indígena. Soy “indígena”, y eso no representa ni privilegio (de “privi y legis”, o sea “ley, privada”), ni desventaja.
Y la efervescencia de ese mal radica en exaltar con vehemencia algún identitario cultural —sangre, tierra, historia, idioma, territorio— lo que sea, con el objetivo de lograr una ventaja frente a las otras identidades. He ahí la infección.
Distingo, como Savater, entre “ser indígena” e identificarse como tal sin la necesidad de los bochinches, sin la violencia de las “marchas”, sin la radicalidad de los “Frentes Nacionales de Lucha.” Pero el “indigenismo” es esa aberración, esa hinchazón de la identidad que vive de un pasado mítico y para eso genera una “mito-historia.”
Así como la Nación se contamina con el “nacionalismo”, la identidad indígena se pudre con las corrientes “indigenistas”, que no son más que aberraciones de alguna lucha política o ecológica, ahora, oh sorpresa, disfrazada de indígena.
El “indigenismo” condena al indígena, lo hace campesinista, agrarista, monocultivista, y lo amarra al subdesarrollo, porque mientras exista indigenismo habrá bochinche.
La identidad, por el otro lado, es sólo una de las bases de la conformación de la ciudadanía, y ésta no puede ser definida sólo por la identidad. Se trata, si tan radicales los “indigenismos” locales quieren ser, de conformar una “Ciudadanía Multicultural”, pero dije “formarla”, no imponerla. Porque la queja del “indigenismo” hoy es la imposición histórica de “una cultura,” pero pregunto, ¿acaso no están los “indigenistas” hoy, con sus bochinches, con sus violaciones a la libre locomoción, y a la ley, haciendo lo mismo que condenan?
No será por un segundo proceso de “imposición” que los indigenistas convencerán a alguien de la infección de la identidad que ellos mismos han creado, y que rascan con cada “manifestación” para que se extienda a toda la Nación.
Porque el sentido común muestra que podemos ser individuos libres y diferentes, por supuesto que sí, y vivir tranquilos, sin garrotear ni apedrear al que no acepte el “indigenismo.”
Además, quién dijo a los “indigenistas” que ellos representan el sentir de la identidad indígena, y de la población indígena. Los autodenominados líderes “indigenistas” representan sus intereses particulares, sus agendas consensuadas sea con la sacrosanta “comunidad internacional”, o con la Iglesia Católica Romana, o con el mismo gobierno, pero no pueden generalizar un argumento que la mayoría de ellos ni entiende.
El indigenismo en cuanto expresión disfuncional de la identidad gana terreno porque el Gobierno, el cual debería estar en defensa de los ciudadanos, independientemente de a cuál identidad se adhieran, permite, y muchas veces promueve, la “infección” de la identidad, generándose con eso ingobernabilidad.
El “indigenismo” es un peligro y una amenaza para la identidad indígena, y se convierte en una vil y cruel expresión del “neo-nacionalismo,” que es el cáncer de la Nación, y evoluciona hacia el terrorismo y la tiranía.
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