Un año después: la ruptura
¿Qué salió mal? Hace un año, era el rey del mundo. El índice de popularidad del Presidente Obama hoy, según la CBS, se ha reducido al 46 por ciento – y su índice de desaprobación es el más elevado registrado jamás por Gallup al inicio del segundo año de mandato de un presidente (electo).
Hace un año, era líder de una rama de la progresía que duraría 40 años (James Carville). Hace un año, el conservadurismo estaba muerto (Sam Tanenhaus). Hoy la carrera por ocupar el escaño vacante de Ted Kennedy en el Senado en lo más Demócrata del Massachusetts Demócrata está sorprendentemente reñida, con un senador del estado prácticamente desconocido que irrumpió en la escena al convertir las elecciones en un mini-referéndum sobre Obama y su agenda, sobre todo la reforma sanitaria.
Hace un año, Obama era el político más carismático de la tierra. Hoy en día la emoción ha desaparecido por completo y las dudas crecen – hasta entre los incondicionales más veteranos.
Los progresistas tratan de atribuir la decadencia política de Obama a cuestiones de estilo. Resulta demasiado frío, distante, ajeno. No es lo bastante duro, no está lo bastante enfadado ni es lo bastante agresivo con sus detractores. También ha subcontratado una parte demasiado considerable de su agenda al Congreso.
Estas quejas estilísticas y tácticas pueden ser ciertas, pero no abordan la idea más importante: el motivo del enorme descontento actual, presagiado por la espontánea oposición nacional manifestada en las protestas fiscales, no es que Obama sea demasiado frío o conformista, sino que es demasiado izquierdista.
No se trata del estilo; se trata de la sustancia. Acerca de lo cual Obama ha sido admirablemente franco. Éste el menos conocido y con menos precedentes de los presidentes se quitaba la careta de la manera más dramática en el acontecimiento político más importante con diferencia de 2009, su primer discurso ante el Congreso el 24 de febrero. Con honestidad y valentía política notables, Obama daba a conocer la agenda ideológica más radical (en términos estadounidenses) desde el New Deal: la reestructuración fundamental de los tres pilares de la sociedad norteamericana – la sanidad, la educación y la energía.
Entonces comenzó la caída -, cuando, más sorprendente aún, Obama se dedicaba a convertir estas visiones estatistas en realidad legislativa. En primer lugar la energía, con la legislación de intercambio de emisiones, una intrusión federal sin precedentes en la industria y el comercio estadounidenses. Superó el trámite de la Cámara, con su mayoría Demócrata y sus normas de corte Soviet Supremo. Pero nunca saldrá del Senado.
Después, la piedra angular: una revolución de la sanidad en la que el gobierno federal regulará en asfixiante detalle la sexta parte de la economía norteamericana. Al abolir esencialmente el proceso de determinación de las necesidades de un cliente antes de contratar el seguro (proceso actuarialmente basado en la evaluación de riesgos) y sustituirlo por un mandato gubernamental, el Obamacare convierte a las aseguradoras en empresas de servicios, dictados todos sus movimientos relevantes por los reguladores del gobierno. La opción pública era una barraca de feria. Como muchos argumentan en la derecha desde hace mucho, y como entienden los más avispados de la izquierda (como James Surowiecki, del New Yorker), el Obamacare es sanidad pública de fondo común delegada, detrás de una fachada de aseguradoras nominalmente "privadas".
Al principio, la reforma sanitaria fue políticamente apuntalada por la propia popularidad de Obama. Pero entonces la gravedad se apoderó de ella, y la acusada impopularidad del Obamacare le arrastró a él con ella. Tras 29 discursos y una fortuna en capital político dilapidada, todavía no se sostiene.
La gesta de la sanidad es el motivo más importante de que Obama haya caído al 46 por ciento. Sin embargo, esto refleja algo más extendido. En último término, lo que importa no es la persona, sino la agenda. En un país donde la política se libra en torno al centro, Obama ha insistido en presionar al máximo por el extremo. Y el pueblo estadounidense – desorganizado y sin líder pero agitado y movilizado sin embargo – ha montado una defensa fuerte justo a la izquierda del centro del campo.
Las ideas son importantes. Las propuestas legislativas importan. Las campañas estudiadas y los discursos deslumbrantes pueden valer un tiempo, pero la magia siempre desaparece.
Legislar es inherentemente arriesgado para cualquier político carismático. Actuar es elegir, y elegir es defraudar las expectativas de los muchos que habían puesto sus esperanzas en el cascarón vacío – de lo cual el candidato Obama fue el mayor exponente en la historia política estadounidense reciente.
Obama no sólo actúa, no obstante. Actúa ideológicamente. En su defensa hay que decir que Obama no acababa de llegar a Washington para ser alguien. Al igual que Reagan, llegó a Washington para hacer algo – introducir un poderoso referente socialdemócrata en el acusado e históricamente individualista estamento político de América.
Tal vez Obama pensó que había sido enviado a la Casa Blanca a hacer precisamente eso. Si es así, ha exagerado con creces la lectura de su mandato. Su propio éxito electoral – hermanado con victorias cómodas y grandes mayorías en ambas cámaras del Congreso – fue un referéndum de la gestión de su predecesor y el colapso financiero post-Lehman. No fue una muestra de respaldo a una democracia social de estilo europeo.
De ahí la resistencia. De ahí la ruptura. El sistema no siempre funciona, pero desde luego se cobra su venganza.
© 2010, The Washington Post Writers Group
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