El pueblo dio su veredicto acerca de ObamaCare
"Nos asomamos al precipicio de un logro que ha eludido a congresos y presidentes durante generaciones".
– El presidente Barack Obama, 15 de diciembre, hablando de la legislación sanitaria.
Precipicio, 1. acusado descenso o desnivel, esp. de una gran profundidad.
– Diccionario Oxford de Lengua Inglesa
Intentando garantizar a los estadounidenses la emoción del precipicio, el presidente lo dejó todo para visitar Massachussets el domingo, admitiendo así que ya había perdido los comicios del martes al Senado que se habían convertido en un referéndum de su programa insignia. Al prometer solemnemente depositar el decisivo voto número 41 en contra de la legislación sanitaria del presidente, el candidato Republicano obliga a todos los Demócratas del Congreso a contemplar este panorama: ni siquiera la frenética movilización nacional del activismo Demócrata y millones de dólares pudieron salvar uno de los escaños Demócratas más asegurados en la legislatura nacional de la consternación nacional fruto de la incontinente ampliación del gobierno de la que esa legislación es síntoma.
Debido a que la legislación es alarmante de puro mala e impopular, los Demócratas han tenido que recurrir al soborno en serie para sacarla adelante. Massachussets celebró la votación inmediatamente después de la corrupción que exime, hasta 2018, a los sindicalistas de pagar el impuesto sobre los seguros de salud de alto nivel. Este impuesto era supuestamente el componente imprescindible de lo que era supuestamente el objetivo principal de la reforma – la reducción del gasto.
El difunto Senador Daniel Patrick Moynihan, Demócrata por Nueva York, pensaba que la presidencia de Bill Clinton se vio mermada por la decisión de 1993 de sacar adelante la reforma de la sanidad en lugar de la reforma del estado del bienestar. Tan mínimo fue el entusiasmo de la opinión pública por la primera que el programa de Clinton no llegó ni tan siquiera a someterse a votación ni en la Cámara ni el Senado, controlados ambos por los Demócratas. Había tal fervor por la reforma social que en 1996, tras dos vetos Clinton, por fin aprobó la legislación más importante de la década.
En su triste y sórdido avance hacia la aprobación de su cada vez más absurdo proyecto de ley, los Demócratas se aferraron como a un clavo al axioma de Robert Frost que dice que "la mejor forma de huir es siempre hacia adelante". Su única motivación que les quedaba para rematar esta aberración es que ellos la empezaron. Parecen haberse convencido de que los Demócratas perdieron el control del Congreso en 1994 porque no aprobaron una ley sanitaria popular en 1993. En realidad, su debacle de 1994 estuvo más relacionada con la arrogancia y la malversación pública derivados de 40 años de control sobre la Cámara de Representantes (por ejemplo, el escándalo de los cheques de los congresistas) y con un proyecto de ley para la delincuencia provocativo (control de armas, baloncesto nocturno como alternativa a las calles), entre otros asuntos.
Con una sola legislación, Obama y sus aliados del Congreso han logrado en un año lo que el Presidente Lyndon Johnson y sus aliados tardaron dos en hacer en 1965 y 1966 – reanimar el conservadurismo. El conservadurismo hoy se eleva sobre los peldaños de los excesos progres.
Entre la amonestación de los electores a Roosevelt en las legislativas de 1938 (debida en parte a su plan anticonstitucional de ampliar y compactar el Tribunal Supremo) y la derrota en 1964 de Barry Goldwater a manos de Jonhson, no hubo mayoría legislativa de izquierdas en el Congreso: Republicanos y Demócratas conservadores se aliaron para templar las ansias extralimitadoras del progresismo. En 1965 y 1966, sin embargo, proliferó el progresismo. Hoy en día, los Demócratas preocupados por una repetición de 1994 deberían preocuparse más por una repetición de las elecciones legislativas de 1966, que se iniciaron con un resurgimiento Republicano que presagió victorias en siete de las 10 presidenciales siguientes.
Las elecciones de 2008 dieron a los izquierdistas la maldición de la oportunidad, y la han utilizado para darse a conocer ruinosamente. La prolongada debacle sanitaria ha puesto de relieve este hecho: algunos izquierdistas consideran que la impopularidad de una legislación es motivo para redoblar sus esfuerzos por imponerla en contra de su voluntad a los estadounidenses que, según creen los progresistas, son demasiado ignorantes para entender que sus superiores saben lo que les conviene. La esencia del progresismo contemporáneo es la convicción progre de que los estadounidenses, en su incompetencia global, necesitan de la supervisión constante del gobierno, que los progres están convencidos de que existe para ahorrar a la ciudadanía la tortura de pensar y elegir.
La semana pasada, tratando de reforzar la obediencia de rebaño de la mayoría Demócrata, Obama aseguraba que si el proyecto de ley se llegaba a aprobar, "el pueblo estadounidense pronto descubrirá que este proyecto incluye las cosas que le gustan". ¿De repente?
Si los Demócratas líderes del Congreso están decididos a proseguir su kamikaze singladura hacia su defunción definitiva, ignorarán la redundante prueba de Massachussets de rechazo entre la opinión pública. Elevarán su estrategia de sobornos con cinismo protocolario – retrasando la confirmación de la composición del Senado de Massachussets, o valiéndose de forma fraudulenta del proceso de planificación presupuestaria para limitar las opciones futuras con el fin de eludir el reglamento del Senado, u obligando a la Casa Blanca a tragarse su última pizca de orgullo aprobando el proyecto por la vía rápida hasta su aprobación presidencial. Sin duda, cualquier truco así será una piedra de molino con la que tendrán que comulgar ciertos miembros de los caucus Demócratas de la Cámara y el Senado hasta la fecha obedientes, dándoles la excusa para detener la carrera bíblica de su partido hacia el precipicio.
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