Mandato para la moderación
La esposa de Churchill dijo que el que su esposo fuera relevado del cargo por los votantes británicos en julio de 1945 – la guerra del Pacífico todavía resonaba, y él acababa de regresar de la conferencia de Potsdam – podría ser una bendición disfrazada. Él respondió: está muy bien disfrazada.
Barack Obama puede pasar por alto el lado positivo de la pérdida de la mayoría Demócrata a prueba de veto en el Senado, pero tiene varias dimensiones. Consideremos cuatro.
Ahora no le queda otra opción que moderar su agenda de agravios consistente en sacrificar cada vez más sectores de la sociedad en el altar del estado. Por ejemplo, seguramente sólo los Demócratas más seducidos por el romance con el suicidio político querrán que intente – fracasará – lastrar a la economía en horas bajas con la legislación de intercambio de emisiones.
Este complejo y caro plan de racionamiento de la polución iba supuestamente a combatir la esquiva amenaza del calentamiento global. Casualmente el martes, mientras los votantes de Massachusetts decían a Obama que se tomara con más calma la reforma sanitaria, The Wall Street Journal informaba: "Influyente panel de las Naciones Unidas se enfrenta a crecientes críticas vertidas a propósito de sus prácticas tras reconocer sus dudas en torno a un anuncio en 2007 de que los glaciares del Himalaya retrocedían con mayor rapidez que ninguno y que desaparecerán por completo en 2035, si no antes".
El Panel Intergubernamental de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático – distinguido junto a Al Gore con otro absurdo Nobel de la Paz – difundió el cuestionable informe de 2007, que se basaba en un informe de 2005 procedente de un colectivo de activismo medioambiental que sustentaba sus conclusiones en un artículo aparecido en 1999 que citaba a un científico de la India que en realidad no mencionaba 2035 por ninguna parte. Otro día que nos trae otra prueba más de la filtración de la divulgación científica cuestionable en el debate político, y otra razón para proceder con cautela.
Una segunda faceta positiva de la derrota de Obama el martes: podar su agenda paliará la pandemia de incertidumbre – en torno a las futuras normativas y gastos (sanidad, energía, impuestos) de la actividad empresarial – que está paralizando a las empresas estadounidenses. Su fortuna cambiará si, pero sólo si, el paro desciende. Así que su prosperidad política, como la de la nación, debería salir beneficiada del enfriamiento que dicta el resultado de los comicios de Massachusetts.
En tercer lugar, Obama saldrá beneficiado si en el futuro no hay tanto de lo que el difunto Senador Daniel Patrick Moynihan llamó "la huída de la realidad" de la vida pública. Obama parece haberse desorientado a causa de haber logrado la supremacía política indiscutible. Ahora puede que haya un descanso post-Massachusetts del torrente de esquelas del conservadurismo salidas de los medios de referencia, incluidos los aburridos análisis de "la crisis del Partido Republicano".
El torrente ha brotado alegremente, sin las trabas de las pruebas generalizadas que apuntan a que Estados Unidos sigue siendo un país de centro-derecha: el número de personas que se declaran conservadores ha aumentado y la cifra de las que se declaran de izquierdas no. Y la impopularidad de Obama se deriva directamente de las inquietudes tradicionales conservadoras motivadas por el gasto, la imposición fiscal y la injerencia del gobierno. Por otra parte, pocos Republicanos vierten tantas críticas sobre otros Republicanos como dedican muchos Demócratas de izquierdas al Senador Joe Lieberman y los demás centristas.
En cuarto lugar, Obama se libera ya de la Maldición de los 60 – exactamente el número mínimo de senadores necesarios para sacar adelante sobre cualquier obstáculo la agenda del partido. Los Demócratas no hubieran llegado a los 60 si no hubiera sido por la imputación del Republicano de Alaska Ted Stevens, en vísperas de elecciones, en un caso de corrupción, marcada por crudos abusos del procedimiento judicial. Y de no haber sido porque el Republicano de Pensilvania Arlen Specter, abocado a la derrota en unas primarias Republicanas, descubrió de la noche a la mañana – ¿quién lo iba a decir? – que en realidad es Demócrata. Y gracias a que el Demócrata de Minnesota Al Franken venció al titular Norm Coleman después de unas elecciones terriblemente reñidas, seguidas de un recuento prolongado y polémico. Y, tal vez, gracias a que Illinois, Delaware y Nueva York nombraron en lugar de elegir a los senadores que ocupan los escaños de Obama, Joe Biden y Hillary Clinton.
Sea como fuere, el caucus Demócrata en el Senado aterrizó, como la bola de la ruleta destinada a caer en una casilla peligrosa, en el 60. A continuación nos enteramos de que cuando todos los Demócratas son indispensables, cada Demócrata puede ser un extorsionador. Así que se han dado compras en serie del voto 60 a favor de la legislación sanitaria. Este mal llamado intercambio (prestaciones especiales a la medida de los afiliados al Medicare Advantage de Florida, Louisiana y Nebraska, y a los sindicalistas) casi hizo tanto por desacreditar a la lamentable empresa como la propia legislación.
Si Obama puede resistirse ahora a la tentación del populismo falso, si no monta en cólera, como Lear en los páramos, contra los bancos, puede ser lo que los estadounidenses, ávidos de supervisión adulta, le eligieron para que fuera – un prudente adulto. Que este caballero inteligente y elegante descubra de golpe su William Jennings Bryan interior ( "No crucificarás a América en la cruz de la deuda intercambiable") sería comparable a que Fred Astaire se calzara un mono y zapatones.
© 2010, Washington Post Writers Group
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