Tonterías progres expuestas como tales
Durante los últimos días de la presidencia Carter, se puso de moda decir que la administración se había vuelto ingobernable y que simplemente era demasiado para un hombre. Algunos sugirieron un único mandato presidencial a seis años. El propio consejero del gabinete del presidente en la Casa Blanca sugería la supresión de la separación de poderes y entrar en un sistema más parlamentario de control ejecutivo unitario. Estados Unidos se había vuelto ingobernable.
Luego llegó Ronald Reagan, y todas esas tonterías sin sentido se esfumaron.
¿La tiranía de los derechos sociales? Reagan colaboró con Tip O'Neill, el legendario presidente Demócrata de la Cámara, estableciendo la comisión Alan Greenspan que conservó saneadas las cuentas de la seguridad social un cuarto de siglo.
¿Un sistema tributario corrupto? Reagan trabajó con el Demócrata de izquierdas Bill Bradley para elaborar un milagro legislativo: la reforma tributaria que elimina decenas de lagunas y recorta los tipos impositivos en general – y que alimentó dos décadas de crecimiento económico.
Más tarde, un presidente Demócrata altamente cualificado, Bill Clinton, afrontó con éxito otro problema supuestamente intratable: la cultura de dependencia intergeneracional. Él colaboró con otro presidente de la Cámara, Newt Gingrich, para dar lugar a la reforma social de mayor éxito con diferencia de nuestro tiempo, la abolición del estado del bienestar como derecho social.
Resultó que los problemas del país no eran problemas estructurales, sino de capacidad de liderazgo. Reagan y Clinton la tenían. Carter no. Bajo un presidente con amplia experiencia ejecutiva, buenos conocimientos políticos y un vector ideológico en sintonía con la opinión pública, el país fue verdaderamente gobernable.
Es 2010 y la agenda de un joven presidente popular y prometedor para su primer año ha sido pasto de las llamas. Las dos iniciativas insignia de Barack Obama – la legislación de intercambio de emisiones y la reforma sanitaria – son escombros.
Desesperados por justificar esta escandalosa situación, los apologistas de la izquierda desempolvan la vieja táctica de los años Carter: "Estados Unidos es ingobernable". Eso dice Newsweek. "¿Es América ingobernable?" pregunta tímidamente The New Republic. Vaya usted a saber.
La indignación con la maquinaria ha dado lugar a la letanía usual de explicaciones sistémicas. Los grupos de interés son demasiado poderosos. El veto legislativo del Senado obstaculiza el progreso social. El oneroso reparto constitucional de las competencias impide la innovación. Si pudiéramos parecernos más a China, se lamenta nostálgicamente Tom Friedman, sacando brillo poético a la eficacia del modelo autoritario chino, mientras América se debate erráticamente víctima de "dos partidos… con su parálisis fruto del duelo a muerte". Los mejores pensadores, desconcertados y furiosos porque su presidente no se ha salido con la suya, han desarrollado un repentino desprecio a nuestro sistema constitucional intrínsecamente incremental.
¿Pero qué tienen de nuevo cualquiera de estos obstáculos estructurales supuestamente ruinosos? ¿Grupos de interés que bloquean las alteraciones legislativas? Llevan presentes desde los albores de la república – y desde los primeros días de la república, presidentes fuertes, como los dos Roosevelt, han apelado a la ciudadanía y los han superado.
Y luego, por supuesto, está el veto legislativo, la bestia negra más novedosa de los izquierdistas. "No culpe a Obama", escribe Paul Krugman de los fracasos del presidente. "Culpe mas bien a nuestra cultura política… Y culpe al veto legislativo, al amparo del cual 41 senadores pueden hacer ingobernable el país".
Ingobernable, una vez más. Por supuesto, apenas ayer el mismo Paul Krugman advertía de "los extremistas" que intentaban "eliminar el veto" cuando los Demócratas lo utilizaban sistemáticamente para bloquear una nominación judicial de Bush hijo tras otra. En aquel entonces, los Demócratas lo tildaban de indispensable contrapeso al desmesurado poder de la mayoría. Bueno, lo sigue siendo. De hecho, con sus pesadas sesiones y su estructura descentralizada, el Senado desempeña precisamente la función para la que lo concibieron los Fundadores: como un freno a las pasiones de la Cámara y una advertencia del cambio transformador precipitado.
Dejemos que sea Mickey Kaus, un izquierdista de principios partidario de la reforma sanitaria, quien desacredite estas excusas estructurales: "Grandes esfuerzos intelectuales parecen dedicarse hoy a explicar el (posible/ probable/ inminente) fracaso de Obama en la sanidad como el inevitable resultado de fuerzas históricas y constitucionales más fuertes… Pero este caso tiene una explicación más sencilla: el deber de Obama era vender un plan de reforma sanitaria a los votantes estadounidenses. Fracasó".
Fracasó debido a que la inverosimilitud total de su promesa central – ampliación de la cobertura sanitaria a un coste inferior – llevó a los votantes a la conclusión de que conduciría en última instancia a más gobierno, más impuestos y más deuda. En términos más generales, los Demócratas fracasaron porque, creyendo que la situación de emergencia económica les daba el mandato político y la oportunidad legislativa, trataron de imponer una agenda de extrema izquierda en un país de centro-derecha. La gente dijo no, expresándose primero a través de manifestaciones espontáneas, a continuación en las encuestas de opinión, y finalmente en las elecciones – Virginia, Nueva Jersey y, sobre todo, Massachussets.
Eso no es un defecto estructural. Es una demostración de manual de voluntad popular que se hace valer – a pesar de los grupos de interés – a través de las estructuras existentes. En otras palabras, el sistema funcionó.
© 2010, The Washington Post Writers Group
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