Obama, aquellos maravillosos 70s
Devueltas por Barack Obama las placas solares al tejado de la Casa Blanca – las primeras fueron colocadas por Jimmy Carter – ¿toca repetir lo del pulóver de Carter? Las placas solares — ecologismo como gesto didáctico – son prueba de un retorno a los setenta.
"La energía es lo que tenemos que abordar hoy", decía Obama durante un debate con John McCain. "La sanidad es la prioridad número dos". Obama decidía en cambio que tener prioridades – hacer esto pero no aquello – es de gente menos original que él. La piedra angular del intercambio de emisiones dentro de su programa para bajar el termostato al planeta (igual que Carter bajó el de la Casa Blanca) ha hecho aguas.
Pero al menos cuando los Demócratas se hicieron con el control del Congreso en 2007 tomaron medidas para salvar el planeta de las bombillas de filamento, desterrándolas para 2014. Por simple irritación, coincide con la imposición por parte del Congreso en 1973 del límite de velocidad de los 88 kilómetros hora, abolido en 1995.
Nada vigorizó el conservadurismo de los 70 como los jueces y los legisladores que colaboraban en la lucha contra la segregación residencial distribuyendo a los hijos (de los demás) para lograr el equilibrio racial en los centros escolares (de los demás). Esta política plasmó la negativa por principios del progresismo a verse disuadido por la discrepancia con la opinión pública en torno a lo que es bueno para ella. El Obamacare es la expresión actual de la devoción kamikaze del progresismo por ofrecer ayuda a los estadounidenses, esos ingratos, que nadie le ha pedido.
Otro proyecto de los 70, en los albores del Watergate, fue la reforma de la financiación de campaña — la regulación pública de la cantidad, el momento y el contenido de la expresión pública acerca del gobierno. Pero la pureza política se ha mostrado esquiva y hoy, como es costumbre, existe, entre la gente de costumbre, una elevada inquietud porque se pueda estar destinando "demasiado" dinero a política. Es decir, lo que los reformistas consideran demasiada expresión política, la diseminación de la cual es lo que financian la mayoría de las donaciones de campaña.
El gasto total de todas las formaciones, campañas y colectivos de interés y de activismo, referido a cada cargo público desde los administradores de condado hasta los senadores nacionales, puede alcanzar la cifra récord de 4.200 millones de dólares durante este lapso entre elecciones. Esa cantidad ronda lo que gastan los estadounidenses al año en yogures, pero menos de lo que gastan en caramelos en dos Halloween. Procter & Gamble gastó 8.600 millones de dólares en publicidad durante su ejercicio fiscal más reciente.
Los decididos a reducir la cantidad de expresión política hasta la que ellos consideran es la cantidad adecuada son la clase de personas que conocen exactamente la cantidad de agua que debe salir de las alcachofas de nuestras duchas (no más de 9 litros a la hora, como estipula el reglamento de 1992). ¿Es, sin embargo, realmente preocupante que los estadounidenses destinen a activismo político — decidir quién debe redactar y promulgar las leyes — mucho menos de lo que gastan en patatas fritas (7.100 millones de dólares anuales)?
La desesperación empuja a los políticos a hablar de protocolos en lugar de legislaciones. Obama, que es comprensiblemente reacio a hablar de lo que inquieta a la gente, la economía, habla en su lugar del protocolo político. Está vertiendo insinuaciones de forma histérica, sugiriendo que cantidades ingentes de dinero exterior llegan en tromba a las campañas estadounidenses.
Hace poco decía: "Justo esta semana, tuvimos noticia de que uno de los colectivos más grandes que financian estos anuncios recibe con regularidad dinero de corporaciones extranjeras. De forma que colectivos que reciben dinero del extranjero gastan enormes sumas de dinero en influenciar las elecciones estadounidenses".
Hace falta una habilidad contumaz para escribir algo tan delicado. Piense:
"Justo esta semana, tuvimos noticia…" Eso es un cuento. El hecho de que la Cámara de Comercio de los Estados Unidos — esto es de lo que habla, pero por algún motivo es reacio a decirlo abiertamente — recibe pagos de cuotas de multinacionales, de propiedad extranjera algunas de ellas, no es algo de lo que Obama "tuviera noticia" súbitamente. Es igual de secreto que la ubicación de la sede de la Cámara, a una caminata de tres minutos sin prisas desde la Casa Blanca.
"Recibe con regularidad dinero de corporaciones extranjeras". Obama no cita ninguna prueba para refutar la aseveración de la Cámara de que segrega esos fondos — menos de la veinteava parte del 1% de su presupuesto — del dinero que dedica a actividades políticas. La federación sindical AFL-CIO, que destina enormes cantidades de dinero a apoyar a los candidatos Demócratas, también recibe dinero de entidades sindicales asociadas radicadas en el extranjero, pero Obama no ha manifestado ninguna angustia por esto.
"De forma que colectivos que reciben dinero del extranjero gastan enormes sumas de dinero en influenciar las elecciones estadounidenses". El "de forma que" le da un toque Nixoniano. Da a entender de forma deshonesta la acusación que Obama se abstiene prudentemente de verter — que las "enormes sumas" son dinero extranjero.
En los años 70, Richard Nixon engendró al presunto corrector del magnánimo Carter. El fracaso de él engendró a Ronald Reagan. La política estadounidense es a menudo la dialéctica de las decepciones. El día 2 de noviembre puede recordar al apóstol del cambio que (como advertía una pegatina Republicana de la campaña de 2008) "Todos los desastres son un cambio".
© 2010, The Washington Post Writers Group
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