Cuba: El “contubernio” europeo
MADRID. – El gobierno cubano no ha dado muchas vueltas a la cabeza para dar respuesta a las condenas que ha recibido de todo el mundo civilizado por la muerte de Wilman Villar Mendoza después de una huelga de hambre de 50 días. Se ha limitado a tirar de manual.
El recetario castrista, muy gastado por el uso, consiste en la descalificación de la víctima y en la denuncia de una campaña internacional contra Cuba. Wilmar Villar Mendoza no era, según esa fórmula, un preso de conciencia sino un vulgar delincuente, condenado a cuatro años de cárcel “tras un proceso justo” y “un juicio conforme a derecho”, por haber “golpeado brutalmente y en público a su esposa, agredir a los policías y resistirse violentamente a la detención”. Y las críticas contra el gobierno de la isla son fruto de una “intensa campaña internacional difamatoria, en contubernio con elementos contrarrevolucionarios internos”, con el propósito de “vender una imagen falsa de supuestas violaciones flagrantes y sistemáticas de las libertades en Cuba que algún día justifique una intervención con el fin de “proteger a cubanos civiles indefensos”.
Todos los que han condenado el atropello que condujo a Wilmar Villar Mendoza a una celda de castigo y finalmente a la muerte, han sido acusados de “cínicos” y de actuar con “doble rasero”. Y una de las más feroces críticas ha sido para el gobierno español, nada menos que del propio Fidel Castro. El Comandante decidió tomarse un respiro y abandonar el Olimpo de sus apocalípticas reflexiones sobre la inminencia de un holocausto nuclear, para denunciar que en España gobierna “la derecha fascista de Aznar y Rajoy” a quienes tilda de “admiradores” de Franco.
Descalificar a alguien llamándole fascista es algo que Fidel Castro hace con regularidad. Eso no sorprende a nadie. Pero acusar a un demócrata de admirar a Franco resulta cuando menos chocante porque el autócrata cubano, de origen gallego, fue uno de los principales admiradores del dictador gallego, a quien rindió tributo cuando falleció, decretando tres días de luto oficial con la bandera del país ondeando a media asta. Esas muestras de pesar solo se reservan en Cuba para gente “admirable”, como el sátrapa norcoreano Kim Jong-il, tras cuya muerte en diciembre del pasado año, Raúl Castro decretó también tres días de duelo oficial con las banderas a media asta. El español y el coreano, hermanados por los Castro, deben estar profundamente agradecidos.
Pero el problema de Fidel Castro no es tanto quién admira a quién sino su preocupación ante la nueva etapa que se abre entre los dos países por el cambio de gobierno en España. Cuba ha perdido a su principal aliado en Europa y eso duele. La complacencia que tuvieron con el régimen cubano José Luis Rodríguez Zapatero y sus ministros de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos y Trinidad Jiménez, ha llegado a su fin y la muerte de Wilmar Villar Mendoza ha servido de aldabonazo para anunciar una nueva política.
La vicepresidenta Soraya Saénz de Santamaría dejó claro que el gobierno español, en su política exterior, “tendrá siempre como horizonte la defensa de las libertades políticas y la protección de los Derechos Humanos” y “especialmente en el caso de Cuba”. Y el nuevo Canciller español, José Manuel García-Margallo, afirmó que la revisión de la actual política de firmeza de la Unión Europea con Cuba dependerá de los “avances” en el campo de los derechos y libertades que haga el Gobierno cubano.
El 2 de diciembre de 1996, a instancias también de un gobierno del Partido Popular presidido por José María Aznar, Europa adoptó la llamada Posición Común, que supedita el diálogo con el régimen de La Habana al avance en democracia y derechos humanos. La medida se aprobó diez meses después del derribo por cazas cubanos, fuera del espacio aéreo de la isla, de dos avionetas civiles de la organización de exiliados Hermanos al Rescate y de la muerte de sus cuatro ocupantes.
La entonces Comunidad Económica Europea mantenía desde 1988 tímidos contactos con Cuba que se incrementaron a partir de 1991, tras la desintegración de la Unión Soviética, con el convencimiento de que también el régimen cubano, como el resto de los países comunistas de la Europa del Este, iniciaría una transición pacífica a la democracia. Pero tras el asesinato de los aviadores cubanos, la UE suspendió el diálogo y lo condicionó a un avance en materia política. Desde entonces, las relaciones entre Cuba y la Unión Europea se han desarrollado de modo pendular, con interrupciones y nuevas negociaciones, pero sin lograr que se produjeran avances significativos en el terreno de los derechos humanos.
En junio de 2001, el diálogo político entre ambas partes se reactivó con la visita a La Habana de Louis Michel, Comisario Europeo de Desarrollo y Ayuda Humanitaria. El representante europeo pidió a Fidel Castro que diera algún paso para permitir a Cuba el acceso al Grupo de Países de África, Caribe y Pacífico (ACP) y entrar en la negociación del Acuerdo de Asociación de Cotonou con Europa. En enero de 2003, el Gobierno cubano solicitó formalmente el acceso al ACP y en marzo la Unión Europea abrió una Delegación en La Habana.
Sin embargo, en ese mismo mes y el siguiente, 75 disidentes fueron detenidos y condenados a fuertes penas de prisión en la llamada “primavera negra” y la Unión Europea suspendió el proceso para que Cuba accediera al Acuerdo de Cotonou. En mayo, a iniciativa del Gobierno español, la UE aprobó una serie de sanciones diplomáticas contra Cuba; también se acordó invitar a disidentes cubanos a las celebraciones de las fiestas nacionales en las legaciones diplomáticas comunitarias en La Habana.
Los puentes entre Europa y Cuba quedaron seriamente dañados hasta la llegada al poder en España de José Luis Rodríguez Zapatero, quien abogó por eliminar la Posición Común. En enero de 2005, la UE dejó en suspenso las sanciones contra Cuba, que renueva anualmente, pero en octubre Fidel Castro arremetió contra los países comunitarios, acusándolos de “hipócritas” y “lacayos de Estados Unidos”, después de que el Parlamento Europeo concediera a las Damas de Blanco el Premio Sajarov a la libertad de conciencia. Parecidos epítetos lanzó Fidel Castro en 2010 desde la tribuna de sus “reflexiones”, cuando el mismo premio le fue otorgado al disidente Guillermo Fariñas y tras las protestas, por la muerte, también por huelga de hambre, de Orlando Zapata Tamayo.
La etapa que se abre ahora significa un regreso al punto de partida porque el régimen cubano sigue siendo el mismo. Las leyes represivas continúan en vigor y el gobierno persigue y encarcela a todos los que se atreven a exigir democracia y libertad. La dictadura no ha cambiado con el relevo dinástico en la jefatura del Estado. La transición hacia la democracia no figura en la agenda “reformista” de Raúl Castro. El fallecimiento de Wilmar Villar Mendoza es, desgraciadamente, la prueba, una más, de la intolerancia de un régimen moribundo que se resiste a desaparecer pese a las presiones del “contubernio” europeo.
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