Argentina: Tres clases de economistas y lo mínimo que hay que hacer

Luego de tantas crisis económicas que hemos vivido, la gente
presiente que, más temprano que tarde, llegará algún ajuste. Por
supuesto que el gobierno niega tal posibilidad, por otro lado buena
parte de la oposición minimiza el problema económico diciendo que puede
resolverse sin grandes sacrificios para la población y, finalmente,
algunos economistas sostienen que si bien el panorama económico es
complicado, la solución no tiene porqué ser dolorosa.
Que el gobierno niegue el ajuste no es ninguna novedad. Que los
políticos opositores digan que la solución no es tan grave, también es
entendible (digo entendible y no justificable) porque ellos no van a
tener el control del Ejecutivo luego de las elecciones de octubre y,
además, ¿para qué asustar a la gente y perder votos mientras el gobierno
niega el ajuste? En todo caso que sea el oficialismo el que se haga
cargo del ajuste llegado del momento.
Ahora bien, donde la gente puede tener más confusión es en las
declaraciones de los economistas, lo cual es entendible porque hay tres
tipos de discursos dependiendo del economista que hable.
Como no soy corporativo, me parece que hay que distinguir, al menos,
entre tres clases de economistas. Están los que siempre van a hacer
declaraciones light porque su negocio es hacer lobby o bien entretener a
la gente con un discurso suave para que las empresas los sigan
contratando. No vaya a ser cosa que advierta sobre los peligros
económicos y la empresa deje de contratarlo por miedo al gobierno. Lo he
padecido en carne propia.
Luego están los economistas cuya función es siempre estar metidos en
los partidos políticos con mayores expectativas de llegar al poder. Esos
economistas pueden un día estar con Menem, luego con Duhalde, después
con Kirchner y hoy con Massa. ¿Cuál es su negocio? Generar la
expectativa de que pueden estar en el poder o muy cerca del poder para
que empresarios buscadores de privilegios los contraten con el solo
objeto de tenerlos como “amigos” llegado el momento de pedir alguna
protección, un subsidio o cualquier otro “beneficio”. Incluso tener
información privilegiada. Estos economistas en realidad son traficantes
de influencias y, por lo tanto, su discurso económico se va acomodando a
las necesidades políticas del partido político en el cual recalen. Van
saltando de partido político en partido político y acomodando su
discurso de acuerdo al perfil de su nuevo socio político. Obviamente, en
este caso, sus discursos no tienen nada que ver con las perspectivas
económicas, y el lector habrá notado lo difusas que son sus respuestas
al momento de responder cómo solucionaría determinado problema.
Responden como políticos en busca de votos y no como profesionales de la
economía.
Finalmente estamos los que nos dedicamos a la economía como
consultores, profesores, investigadores, etc. En esta tercera clase de
economistas hay de diferentes tendencias o escuelas económicas. Puede
haber diferentes posiciones entre nosotros, pero decimos libremente lo
que pensamos sobre lo que está ocurriendo y qué puede llegar a ocurrir.
Obviamente que podemos equivocarnos tanto en el diagnóstico como en el
pronóstico, pero lo que no hacemos es un discurso para entretener a la
tribuna para no perder el contrato o bien hablar como políticos para
traficar influencias.
Como pertenezco a esta última clase de economistas, al igual que
muchos otros colegas, es que me animo a decir que luce muy difícil que
pueda salirse de este embrollo económico con dos medidas menores y sin
ningún impacto en la sociedad. Solo con ver los $ 110.000 millones en
subsidios que se gastan anualmente para financiar las tarifas
artificialmente bajas de los servicios públicos y que dada la inflación
existente ni siquiera pueden quedar congelados, uno tiene idea de la
magnitud del ajuste tarifario que en algún momento habrá que hacer en
energía y transporte público (trenes, subtes, colectivos, etc.).
El tema del tipo de cambio real es otro problema. Dado que
difícilmente alguien se anime a hacer reformas estructurales profundas
que permitan ganar productividad en la economía y hacer fuerte el peso
en forma genuina, las probabilidades de una mega devaluación son altas.
Solo un dato, si el dólar de $ 1,40 con el que se salió de la
convertibilidad hubiese aumentado al ritmo de la tasa de inflación
interna menos la inflación de EE.UU., para no caer en términos reales
hoy tendría que estar en $ 9,30. Es solo un indicador para advertir cómo
cayó el tipo de cambio real.
La enorme carga tributaria que soportamos en el sector formal de la
economía es la contrapartida de un gasto público récord, tanto en
cantidad cómo en baja calidad. Encima ni siquiera alcanzan los impuestos
para financiarlo y el BCRA sigue aplicando el impuesto inflacionario
para sostener al tesoro. Esa situación no se arregla con maquillaje o
dos curitas y una aspirina. Se arregla con cirugía mayor en el gasto
público.
No nos engañemos, si bien no soy keynesiano, el economista inglés
propuso su fórmula de aumentar el gasto público para reactivar la
economía cuando el gasto representaba el 10% del PIB. Jamás se le
hubiese ocurrido sugerir semejante receta con un gasto público que
orilla el 50% del PBI. A mi juicio Keynes estaba equivocado pero no era
un delirante como para formular semejante disparate.
Y la disciplina monetaria depende, en gran medida, de la disciplina
fiscal. Para frenar este creciente proceso inflacionario hace falta
poner orden en las cuentas públicas.
Pero el tema más complicado va a consistir en recuperar la confianza
en las instituciones, entendiendo por instituciones respeto por los
derechos de propiedad, estabilidad en las reglas de juego, etc. Si CFK
se va a fines del 2015 sin que le explote la economía antes, el que
venga tendrá que asumir el costo de poner orden económico y recuperar la
confianza de una Argentina que hoy es una marginada en el mundo.
Arreglar el tema energético, la infraestructura (rutas, trenes,
puertos, etc.) va a requerir de grandes inversiones que solo vendrán
cuando tengan la certeza de que aquí se acabó esta locura confiscatoria,
reguladora y apretador. Cuando sepan que pueden girar sus utilidades y
dividendos. Cuando no haya más cepo cambiario, lo cual es todo un tema
eliminarlo porque ya se transformó en otro corralito. Si la salida del
corralito era traumática, la del cepo también lo será. Por lo menos con
este nivel de dólar oficial.
El listado de problemas económicos a arreglar es muy importante y
nada fácil de esquivar los costos de 11 años de populismo desenfrenado.
Pero atención que no se puede arreglar la economía si no se recupera la
confianza en el respeto por las reglas de juego.
No estoy diciendo que nos espera un tsunami económico luego del
kirchnerismo, pero a diferencia de las otras dos clases de economistas
que mencionaba anteriormente, ningún economista serio puede afirmar que
de esto se sale suavemente.
Sí reconozco que del total de medidas económicas que yo tomaría,
muchas de ellas serían inviables políticamente. Ahora bien, aun
aceptando ciertas restricciones políticas a las medidas económicas que
personalmente considero óptimas, hay un mínimo de medidas que sí o sí
habrá que tomar.
Cuando tomaba examen a mis alumnos en los post grados, mi principio
era que había un mínimo de conocimientos de la materia que tenían que
saber sí o sí. Si no conocían ese mínimo, no podían pasar. El resto de
lo que sabían era el lujo de la excelencia académica. Pero había un
mínimo que no podía no conocer.
Con las medidas económicas para salir de este berenjenal pasa lo
mismo. Hay un óptimo que dudo que alcancemos, pero ojo que el mínimo de
medidas a adoptar es cada vez más elevado porque la destrucción
económica va avanzando a medida que se profundiza el “modelo” y va
pasando el tiempo.
Muchos no podrán estar de acuerdo con lo que acabo de expresar. Otros
creerán sinceramente que puede salirse suavemente. Pero de lo que puede
estar segura la gente es que acabo de escribir estas líneas cómo
economista y no como traficante de influencias que se hace pasar por
economista.
No se deje engañar, de esta fiesta populista no se salen sin pagar costos.
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