Sea feliz, ¡es una orden!

Se supone, a partir del cristianismo y los
clásicos griegos, que los seres humanos somos iguales y todos de valor
infinito… aunque que ni tan iguales ni tan infinitos… en fin, ¡si solo
fuéramos coherentes! Algunos de los que rezan todos los días, luego
apoyan guerras o conflictos, militares o civiles, que necesariamente
implican la muerte… ¿no era que cada persona tiene un valor infinito
porque es una criatura de Dios? ¿Cómo es que, si su valor no se acaba
nunca puede, de repente, terminarse al punto de suprimirlo?
Sin llegar
al homicidio, ¿no somos todos iguales, todos de valor infinito? Parece
que no: unos flacos, altos; otros gordos, petisos; unos inteligentes y
hasta genios; otros brutos; unos ingenieros, médicos y otros ni saben
leer, así parece que unos valen más o están más “preparados”. Entonces,
como no son todos iguales y no todas las vidas tienen valor infinito,
cabe que los “mejores” se impongan.
A ver, una cosa es que una
persona decida que no sabe reparar autos y pague el servicio de un
mecánico y otra, muy distinta, es que le impongan impuestos para
sostener un estado de cosas que no quiere, aunque esto lo determine la
mayoría, aunque así lo estipulen las “leyes” surgidas de una supuesta
“constitución” que también le impusieron. ¿Quiénes? La “mayoría
democrática”, que no sería igual a cada persona sino mejor, por ello,
tiene derecho a ser violenta, a imponerse vía el Estado (el monopolio de
la violencia).
Viene al caso el concepto de eficiencia. ¿Qué es?
Los encuestadores y los investigadores del mercado lo saben: es lo que
satisface al cliente. Es decir, es el cliente, las personas, el que
define la eficiencia. No es caprichoso, surge de que el orden de la
naturaleza prevé que el crecimiento personal es un hecho intrínseco
–como todo: nadie le dice a un árbol cómo tiene que desarrollarse– y
que, por tanto, cada persona tiene la obligación de decidir su devenir.
Por eso, dicen los griegos clásicos, la violencia destruye porque es un
hecho extrínseco al desarrollo natural.
Así, créalo o no esta
sociedad incoherente, la mayor eficiencia en el desarrollo personal y
social se da cuando cada persona, igual al resto y de infinito valor,
decide su rumbo. Por el contrario, toda imposición coactiva es
ineficiente, y las personas intentan evadirla. Ahora, cuantos más
recursos (económicos) tiene una persona, mayor capacidad para derivar
las cargas fiscales hacia abajo, por ejemplo, un empresario paga
impuestos subiendo precios, bajando salarios, etc.
Venezuela es
un caso tragicómico. Ni alimentos quedan. En septiembre el índice de
escasez llegó al 21.2% según el Banco Central, cuando lo normal sería
5%. Por eso el gobierno importará 400,000 toneladas hasta fin de año.
Maduro ha decidido que la felicidad debe decretarse y ha creado el
Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo para
supervisar los programas sociales, las “Misiones”.
O sea que hará
asistencialismo con el dinero de los más pobres (que son quienes
terminan pagando las cargas fiscales) pero luego de dejar buena parte en
la corrupción y la burocracia. Para que no queden dudas de que “ser
feliz” es una orden, Maduro profundiza la militarización. Pretende que
las “milicias bolivarianas” tengan un millón de miembros en 2019 a la
vez que robustece las fuerzas armadas y amenaza y violenta a sus
adversarios.
El autor es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity en el Independent Institute, de Oakland, California.
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