Obama y el racismo en Cuba

Activistas de la oposición interna y exiliados le han pedido al presidente Obama que incluya la discriminación racial en Cuba en las conversaciones con el régimen de la familia Castro. Algunos funcionarios norteamericanos reconocen la importancia del tema. Pero otros asesores y el propio Obama se oponen a sumarlo al diálogo. Su negativa alimenta la percepción de que el presidente se conforma con tratar con La Habana, fundamentalmente, cuestiones de realpolitik y que prefiere excluir otras que apuntan a la esencia abusiva del régimen cubano. Hay que añadirla a la negativa a incluir a opositores internos en las conversaciones y a darle prioridad al respeto a los derechos humanos y las libertades básicas de los cubanos.
La aparente negativa de Obama no es sorprendente. Al parecer, se basa en su deseo de no salpicar el diálogo con asuntos sensibles que entorpezcan su estrategia de lograr que el entendimiento con el régimen castrista forme parte de su legado presidencial. Como el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, Obama se ha cuidado de no parecer militante en la promoción de la igualdad de los negros ante las leyes para no exacerbar las pasiones de los racistas y los temores de otros norteamericanos a la crispación racial. Solo recientemente, a raíz de la matanza de nueve afroamericanos en una iglesia de Carolina del Sur, el Presidente ha mostrado cierta militancia simbólica. En el caso de Cuba, con su negativa está desaprovechando la oportunidad de plantear un agudo problema político y social que rehúsa considerar el régimen cubano.
El castrismo ha practicado y expandido el tradicional patrón del racismo en Cuba, el cual consiste en negar la existencia del mal mientras se ignoran sus síntomas. La negativa adquirió carácter oficial a partir de 1962, cuando en la Segunda Declaración de La Habana el régimen proclamó que había resuelto el problema de la discriminación en Cuba. En la práctica, sin embargo, hostigó con saña a los afrocubanos que deseaban exiliarse por no comulgar con el totalitarismo (la Revolución supuestamente se había hecho para nosotros). Utilizó a muchos de carne de cañón en las guerras africanas. Ignoró e ignora la subrepresentación de negros y mestizos en los sectores de la salud y el turismo. En las empresas mixtas, que al estilo fascista combinan el capital estatal con el extranjero, casi ocho de cada 10 gerentes son blancos. Y entre 70 % y 80 % de la población carcelaria en la isla es negra o mestiza, según datos compilados por entidades afrocubanas.
El sufrimiento y las vejaciones que en Cuba experimentan muchos afrocubanos no son abstractos. En algunos aspectos se han agravado con los cambios de dinámica de la sociedad cubana. Los afrocubanos reciben menos remesas de las que típicamente alivian las privaciones de los cubanos. Esto se debe a que cuentan con menos familiares fuera porque la emigración de Cuba ha sido predominantemente blanca. Por el mismo motivo, los afrocubanos tienen menos oportunidades de viajar al extranjero a menos que sean deportistas o músicos destacados. Tanto se ha desvalorizado el ser negro o mulato en la isla que muchos afrocubanos se proclaman blancos en los censos, contribuyendo así, inadvertidamente, a la manipulación oficial y a la estructura de dominio racista. En el más reciente censo apenas tres de cada 10 cubanos aparecen como negros, mulatos o mestizos, dato que desmienten las imágenes que provienen de Cuba.
La igualdad étnica será esencial para labrar una sociedad más justa y estable en la isla. Los afrocubanos merecen ser más que pura estadística, carne de cañón e inspiración de folcloristas, papeles a los que quisieran relegarlos tanto los racistas como quienes niegan el problema de la discriminación en Cuba. Lo que en realidad necesitan es lo mismo que el resto de los cubanos: el derecho y la oportunidad de preservar sus valores culturales y religiosos y de ejercer poder real en la vida política del país. El patrón de negación del racismo y la discriminación impide que en Cuba se trate el tema abiertamente. Por eso, los opositores aciertan al pedirle al presidente Obama que lo ponga sobre la mesa de diálogo con La Habana. Nadie mejor para hacerlo que quien encarna un ejemplo inspirador de progreso y justicia raciales.
- 23 de enero, 2009
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