Niños sabios
El sistema educativo nos llena la cabeza de datos, de información. Cuando asistimos a un curso de historia, nos relatan las fechas e hitos de las conquistas de grandes personajes y su impacto. Si presenciamos una clase de matemáticas, nos demandan memorizar números para realizar cálculos. Y en una clase de biología, nos invitan a reconocer el origen de la vida natural y cómo a través de distintos procesos, la evolución se abrió paso. La relevancia de estos y otros campos del saber, como el aprendizaje de un idioma o el reconocimiento de territorios y banderas, no está en tela de juicio; al contrario, les debemos en gran medida el progreso civilizatorio alcanzado en los últimos siglos, fruto de la creatividad, talento y esfuerzo de un sin número de personas que, pioneras o continuistas en su quehacer, desafiaron por entonces los límites de lo conocido en aras de iluminar lo invisible para nuestra especie. Sin embargo, pese su relevancia, parecen ser insuficientes para alcanzar aquellos hilos finos que la misma naturaleza nos concedió, atributos más vinculados a procesos de reflexión y cuestionamiento acerca del camino propio y conjunto a seguir, aquellas preguntas trascendentales que desde la antigua Grecia y otras latitudes del mundo surgieron en relación con los que deberían ser nuestros objetivos dentro de una vida cuyo tiempo es finito.
Si revisamos con atención el sustrato detrás de los mencionados aportes al conocimiento, encontraríamos que surgieron como resultado de la insatisfacción humana, ese flujo de nuestra mente que nos suele hacer inconformes pese a todo lo que podamos alcanzar. Y es allí donde, aparentemente, hemos olvidado ciertas nociones y creencias nacidas de nuestra esencia, producto del contacto con un mundo incierto desde el inicio de todo, que fueron representadas a través de grandes pensadores a lo largo de la historia. ¿Qué reflexiones y sentimientos hubo detrás de algunos de los más reconocidos personajes de la historia, como Cristóbal Colón, Juana de Arco, Ulises Grant o Marie Curie? ¿Qué motivó a Pitágoras o a Tales de Mileto para adentrarse en el reino del cálculo y la lógica y cuáles eran sus creencias? ¿Cómo Charles Darwin lidió con sus miedos e incertidumbre durante sus viajes de investigación y la creación de sus libros? ¿Qué convicciones sostuvo la Madre Teresa de Calcuta para dedicar su vida a ayudar a otras personas? ¿descubrieron estas personalidades algo de sí mismos y de sus razones al navegar las tempestivas mareas de la existencia?
Sería interesante preguntarnos acerca del valor que tendría para un niño o adolescente de hoy exponerse a estas diatribas del factor humano de forma práctica y amigable, como vía hacia la reflexión y consciencia de sí mismos, especialmente en tiempos donde una compleja y pesada realidad social obliga con frecuencia a definiciones inmediatas, como si la vida incluyera manuales o fórmulas mágicas para tener claridad de nuestros fines a los 10, 15 o 18 años. Genera preocupación comprender la espiral de distracciones, necesidades de aceptación inmediata, o reactividad de muchas de las nuevas generaciones al entrar en contacto con ciertos estímulos del entorno, diluyéndose su capacidad de atención, lo que evidencia que quizá le hemos dado la espalda a asuntos fundamentales de la educación clásica. Volviendo a lo anterior, aquella insatisfacción, que aún al presente nos moviliza, se convierte en el combustible para el ejercicio de elementos como el pensamiento crítico, la capacidad de dudar, la autorreflexión sobre nuestras acciones o el sentido de las cosas, las cuales, paradójicamente y pese al progresivo abandono de las que hoy son objeto en buena parte de las propuestas curriculares de la educación oficial, facilitaron el desarrollo de aquellas que hoy nos permiten conocer e interactuar con todo lo que nos rodea.
Se podría decir, entonces, que la estadística y la demografía, o las cruzadas a comienzo del milenio pasado, no hubiesen existido sin aquella muy humana insatisfacción, que expresamos a través de emociones, ideas y propósitos al dedicar atención a nuestros fines. Es por ello que el conocimiento, producto del pensamiento dirigido hacia la búsqueda de algo más o a la solución de un problema concreto, caminará siempre mejor cuando va acompañado por su parte más reflexiva y espiritual, la cuestión filosófica acerca de quiénes somos, para qué estamos aquí, cuáles deberían ser nuestros objetivos y hacia donde nos dirigimos.
Por fortuna, también las neurociencias han cobrado valor en el escenario global de la educación, al ser reconocidas como parte integrativa de la enseñanza en la primera infancia. Empero, parece restar mucho trabajo por delante, con propuestas innovadoras que hagan uso de aquella sabiduría clásica y la transmitan de una manera práctica y lúdica, conectando mejor con la esencia natural del ser humano en los primeros años y posibilitando que aquellas preguntas trascendentales que dieron paso al progreso civilizatorio sean también empleadas como ruta hacia el descubrimiento del camino propio, dando a cada vida el valor que tiene y merece. En palabras simples, que cada niño o adolescente pueda acercarse al autoconocimiento, reconociendo y comprendiendo emociones o visualizando los albores del que podría ser su propósito a través de contenidos orientativos, que rescaten el espíritu de la práctica socrática y puedan tener continuidad en el hogar, cuna por excelencia de la comunicación y la formación de valores. De esta manera, las familias y sociedades contemplarían no sólo a niños inteligentes, curiosos o desafiantes como los que hoy vemos a nuestro alrededor, sino también niños sabios, en lo que su etapa vital de aprendizaje y disfrute les permite, sobre quienes pueda descansar el futuro de la humanidad.
El autor es antropólogo e investigador.
http://unaidaunavuelta.blogspot.com/
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